Llegaron los postres, y la Muerte se soltó el pelo, dispuesta a quedarse soltera del paisaje de tu boca donde mi amor se mueve de puntillas y en un cruce de piernas el Silencio desabrochó un botón, jugando a renacer desnudo en el sueño de tus ojos cuando mi miedo suplica de rodillas. Terminando la velada el Sueño contó un chiste, resignado a poseer el secreto dolorido de tu alcoba que mi noche oculta resentida. Brindando a mi salud, el Destino apuró tu copa soñando con quebrar aristas de ansiedad desdibujada como la crueldad de las cosas sencillas. Finalmente, llegó la cuenta y encendimos un cigarro dispuestos a apostar hasta el último segundo clandestino antes de volver a la otra orilla...
Es una situación curiosa, porque voy a tomar prestada una expresión tuya, amigo mío, y sin embargo voy a hacerlo para algo tan radicalmente diferente a todo lo que crees que parece una ironía…
La Dientona (esta es tu expresión, magnífica, por otro lado, para describir a la de la guadaña) está de ronda y esta vez parece que le ha cogido el gusto a mi madre.
Esto que voy a decir algunos ya lo sabéis y otros están a punto de enterarse, disculpadme, pero es complicado quedar uno por uno y contaros a todos lo que está pasando, que por otra parte, es a la vez tan simple y tan doloroso como cortarse con un folio:
En la primera ronda el cáncer se ha quedado con el pecho izquierdo de mi madre. En principio, parecía que íbamos a ser tan afortunados como para que sólo fuera eso, extirpación, quimioterapia y para casa...
No hemos tenido suerte.
Antes de ayer el médico me comunicó que hay un segundo tumor, éste en el pulmón derecho. A falta de la biopsia no sé si es una metástasis o un segundo tumor primario independiente del primero.
La hermana mayor de mi madre murió hace dos años de cáncer de pulmón.
Tengo otro tío, también hermano mayor de mi madre, que está terminal por lo mismo.
Y ella arrastra desde su época de fumadora un enfisema pulmonar…
Así que, viéndolo de forma fría y objetiva, las cosas pintan muy mal.
Y ahora viene mi extraña petición…
No sé cuantos de vosotros sabéis que soy católica. No es un dato que dé de buenas a primeras al presentarme, igual que no suelo hablar de mi orientación sexual o mi peculiar relación de pareja, considero que todo eso acaba surgiendo y que entonces es cuando se dicen esas cosas…
Doy por sentado que esto dará pie a muchísimas e interesantes discusiones en un futuro, igual que las hemos mantenido en el pasado, en otras ocasiones, al salir el tema. Sin embargo, ahora mismo voy a pedirte algo, seas o no creyente, y va resultar extraño porque voy a pedirte que reces por mi madre.
No es algo usual, pero explicaré mis razones y luego, en conciencia, tomarás la decisión que te parezca adecuada…
Lo primero es que cuando te pido que reces no lo hago pensando en una oración al uso, sé perfectamente que muchos no sois católicos o tan siquiera cristianos, pero tenéis una idea, relativamente clara o difusa, sobre entidades (más o menos) omnipotentes que andan por ahí. Otros creeréis en una energía universal y mística que lo envuelve todo, algunos en el karma y algunos no creéis en nada en absoluto, pero a todos os sobra un rato al día en el que acordaros de mí y de mí problema.
Antes de seguir vamos a dejar una cosa clara. NO creo que rezar vaya a curar a mi madre pero, ahora mismo, a mi entender, no me sobra ni un recurso para hacer frente a todo esto.
Ya está en manos de los médicos que hacen todo lo posible.
Rezar por ella no puede hacerle ningún daño, ¿verdad?, y sin embargo puede que un buen montón de energía positiva enviada desde el cariño pueda influir (quién sabe) en el resultado de las pruebas. Darle una posibilidad, un empujoncito…
Es desesperado, lo sé. Pero no puedo hacer nada más.
Nada más, excepto daros las gracias, de antemano, a todos. No lo digo mucho, pero os quiero.
Ella me acecha tras los párpados insomnes, ella, la voz de la conciencia culpable, sin darme descanso, sabiendo que ya no duermo y que soy incapaz de soñar desde que no estás.
“Ven. Acércate. Entra en el laberinto de sólo dos espejos. ¿Cómo? ¿Qué dices? ¿No ves nada? Espera, ahora, mira por encima de tu hombro, ahora lo ves, claro que lo ves...”
Y lo veo, de repente puedo verlo: un reflejo de un reflejo que me atrapa, me desdobla, me multiplica y al final, me devora. Fascinada, empiezo a vagar por la larga secuencia de pasillos espejados, viendo mi imagen reproducida un millar de veces en una burla cruel de la inmortalidad que ya nunca conseguiré alcanzar.
Ahora no soy más que piel y huesos, gritando sílabas contra un viento indiferente, cayendo y volviendo a levantarme entre los brazos de aquella que me sonríe desde mi espalda, acariciándome con su amor malvado, besándome en la tos seca del espejo, recordándome que al fin y al cabo, moriré joven, pero no rápido.
“La misericordia no tiene cabida en el laberinto”
Y lo intento de nuevo, me alzo sobre los muñones de mi alma condenada, frustrada por la seguridad de haberla vendido por un caramelo, suplico compasión, perdón, pero su mirada afilada y hambrienta detiene las palabras en el borde de los labios.
Y me aferro a la turbia imagen que guardo de tu espalda, capturada en el momento en que la puerta se convirtió en un abismo insalvable y se lo entregué todo por la promesa de controlar algo, aunque solo fuera el espejo...
“Fuiste tu quien deseó aprender a bailar en el acerado borde de los deseos, tuyo es también el resultado de la danza”
Desee flotar, desvanecerme gramo a gramo, caloría a caloría, no necesitar a nadie, rezaba por que alguien escuchara, rezaba y suplicaba y pedía fuerzas para ser capaz de perderlo todo y aún así sentirme perfecta, preciosa, sucia e indigna.
Rezaba, imploraba, pedía y suplicaba. En mi maldita ceguera no supe a quien, no supe durante cuanto tiempo. Pero mis súplicas fueron atendidas. Marionetista e instrumento a la vez sacrifiqué y fui víctima del sacrificio. Y ahora ella disfruta desde su celda de cristal, disfruta de mi odio (de mi amor) como de un plato exquisito, inclemente, desalmada, sabiendo que soy demasiado cobarde para acabar con todo, para pedir ayuda, para no seguir huyendo en los cristales…
Demasiado cobarde para hacer otra cosa que dejarme saborear por sus labios sucios y pedirle, servil y fámelica, que siga besándome otro día y otro y otro más hasta que no quede nada de la cosa mantecosa que soy ahora… hasta que no quede nada de nada de mí, nada excepto huesos, hermosos y benditos huesos…