viernes, 29 de mayo de 2009

MIL VENTANAS, DOS MIL OJOS

Ella me acecha tras los párpados insomnes, ella, la voz de la conciencia culpable, sin darme descanso, sabiendo que ya no duermo y que soy incapaz de soñar desde que no estás.

“Ven. Acércate. Entra en el laberinto de sólo dos espejos. ¿Cómo? ¿Qué dices? ¿No ves nada? Espera, ahora, mira por encima de tu hombro, ahora lo ves, claro que lo ves...”

Y lo veo, de repente puedo verlo: un reflejo de un reflejo que me atrapa, me desdobla, me multiplica y al final, me devora. Fascinada, empiezo a vagar por la larga secuencia de pasillos espejados, viendo mi imagen reproducida un millar de veces en una burla cruel de la inmortalidad que ya nunca conseguiré alcanzar.

Ahora no soy más que piel y huesos, gritando sílabas contra un viento indiferente, cayendo y volviendo a levantarme entre los brazos de aquella que me sonríe desde mi espalda, acariciándome con su amor malvado, besándome en la tos seca del espejo, recordándome que al fin y al cabo, moriré joven, pero no rápido.

“La misericordia no tiene cabida en el laberinto”

Y lo intento de nuevo, me alzo sobre los muñones de mi alma condenada, frustrada por la seguridad de haberla vendido por un caramelo, suplico compasión, perdón, pero su mirada afilada y hambrienta detiene las palabras en el borde de los labios.

Y me aferro a la turbia imagen que guardo de tu espalda, capturada en el momento en que la puerta se convirtió en un abismo insalvable y se lo entregué todo por la promesa de controlar algo, aunque solo fuera el espejo...

“Fuiste tu quien deseó aprender a bailar en el acerado borde de los deseos, tuyo es también el resultado de la danza”

Desee flotar, desvanecerme gramo a gramo, caloría a caloría, no necesitar a nadie, rezaba por que alguien escuchara, rezaba y suplicaba y pedía fuerzas para ser capaz de perderlo todo y aún así sentirme perfecta, preciosa, sucia e indigna.

Rezaba, imploraba, pedía y suplicaba. En mi maldita ceguera no supe a quien, no supe durante cuanto tiempo. Pero mis súplicas fueron atendidas. Marionetista e instrumento a la vez sacrifiqué y fui víctima del sacrificio. Y ahora ella disfruta desde su celda de cristal, disfruta de mi odio (de mi amor) como de un plato exquisito, inclemente, desalmada, sabiendo que soy demasiado cobarde para acabar con todo, para pedir ayuda, para no seguir huyendo en los cristales…

Demasiado cobarde para hacer otra cosa que dejarme saborear por sus labios sucios y pedirle, servil y fámelica, que siga besándome otro día y otro y otro más hasta que no quede nada de la cosa mantecosa que soy ahora… hasta que no quede nada de nada de mí, nada excepto huesos, hermosos y benditos huesos…

2 comentarios:

Sergio Mesa dijo...

si es que esto es lo que se te da estupendamente ... ains .. que "bonito" (no sé si es el adjetivo más adecuado, pero se le parece de alguna forma)

Violeta dijo...

Me encanta... Qué ágil resulta leerte siempre... Aunque a veces no me entere "ni papa", jeje, ni falta que hace para ver tu buen trabajo.
Saludos